“Empobreceos los unos a los otros” –que sería puro sadismo–, nunca fue dicho por Jesús, sino “amaos los unos a los otros” y, como consecuencia lógica: “enriqueceos los unos a los otros”, de modo que “lo que en la actual coyuntura os sobra sirva para conjugar la necesidad de otros, para que resulte una igualdad, según está escrito: el que tenía mucho no tuvo de más, y el que tenía poco no tuvo de menos” (II Corintios 8,13-15).
Este consejo de san Pablo es recogido por el Concilio Vaticano II al considerar que, como es bien sabido de todos, “la mayor parte de la humanidad sufre todavía tan grandes necesidades, que con razón puede decirse que es el propio Cristo quien en los pobres levanta su voz para despertar el amor de sus discípulos” (G.S, 88). Pero hacer eficaz ese amor hacia el necesitado/a exige tomar decisiones y ahí se juega la verdad y coherencia de nuestras opciones de fondo, individuales o comunitarias, humanas o religiosas. Porque no todo vale ni todo es verdadera ayuda, ni todo es aceptable... es difícil en ocasiones elegir lo que se debe/se puede hacer (o no hacer).
Entre esas dificultades el jesuita Darío Mollá cita la tensión “entre la pureza de intención y la ambigüedad de las mediaciones de ayuda, entre la generosidad de los deseos y lo limitado de las posibilidades, entre el alcance de las propuestas y lo limitado de los recursos, entre los medios que se ve claro que habría que poner en juego y el precio a pagar por ellos, entre la urgencia de las cosas y los ritmos posibles, etcétera”. ¿Acaso no nos hemos visto en más de una ocasión sometidos en la comunidad a esas dudas y tensiones semejantes, que han llegado incluso a bloquear las decisiones?
Ahí cobra importancia el consejo de aquel buen conocedor del alma humana, W. Shakespeare: “Todas las personas deberían sentir alguna vez lo que sienten los miserables, para comprender a la humanidad que sufre bajo el cielo” (“El rey Lear”). Es decir, todo el mundo debería sentir com-pasión, identificarse con el sufrimiento o necesidad del otro; por eso el peligro mayor que nos acecha a los cristianos hoy día, no es el relativismo respecto a verdades y valores (como obsesivamente insiste el papa y los obispos) sino aquella falta de relación justa y fraterna de la que habla la parábola del samaritano: “A nuestra sociedad le afecta en la raíz de su ser la existencia de individuos informados pero indiferentes, inteligentes pero crueles, sin entrañas, sin compasión” (B. Bennàssar).
La com-pasión (padecer con el otro) supone la capacidad de compartir de alguna manera los padecimientos (físicos, económicos, sociales, morales...) que sufren las personas a las que se quiere ayudar, conscientes –ni masoquista ni ingenuamente; informados y compasivos– de que ello tiene un precio: no es posible acompañar hasta donde se pueda al que padece una necesidad sin sufrir nosotros mismos algún tipo de pérdida. Tomarse en serio el dolor del otro, la injusticia que padece, su humanidad herida..., no se hace impunemente, lleva implícita la cruz... y el gozo de la salvación, pues “los pobres son nuestros maestros, los humildes nuestros formadores” (San Gregorio Nacianzeno).
No es Dios el que ha creado la cruz, sino quien la padece en Jesús al hacerse solidario con los pobres y excluidos de la tierra. Por eso no basta con acercarse al pobre con respuestas y soluciones para sus problemas. Ciertamente, como más arriba se ha dicho, el amor debe ser eficaz, pero antes debe ser contemplativo: los pobres nos interpelan desde su pobreza, nos juzgan desde su marginación, nos acogen y nos salvan cuando hacemos la experiencia de su misterio, el misterio de la cruz: escándalo para unos –cuando con gran escándalo advertimos las atrocidades y crímenes cometidos contra la humanidad en el Tercer Mundo, y seguimos insensibles–; necedad para otros –cuando, por ejemplo, se piensa que fue necio el actuar de los corruptos encarcelados por no saber “nadar y guardar la ropa”–; salvación y sabiduría para quienes descubren que Dios “ha escogido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte” (I Cor 1,23-31).
Algo que no es fácil de comprender si, al mismo tiempo, no se hace la experiencia de la Pascua, sorprendidos ante la fuerza que logra remover (de muchas maneras) la losa del sepulcro que, por un lado, asusta y, por otro, anima gozosamente a las mujeres de la mañana de Pascua (ver última página), un sepulcro que los guardianes del orden establecido se empeñan en tener bien custodiado (Mt 27,66). Es a través de lo débil y lo pobre como llega la fuerza de Dios, porque lo pequeño y lo pobre es la fuerza revolucionaria que –sólo ella– hará posible otro mundo humano y fraterno. Esta sabiduría es la que nos enseña también a ser mejores servidores del proyecto de Dios para la humanidad, más felices en suma al andar empeñados en lograr la felicidad de todos los seres humanos.
En este contexto hay que situar el contenido de este Sembrats centrado en el tema de la limosna, en la que tradicionalmente ha venido insistiendo la Iglesia en la predicación cuaresmal. La consulta hecha a la comunidad –cuya respuesta se presenta resumida– como una invitación a la revisión, a buen seguro servirá también para la reflexión de los potenciales lectores y lectoras de este boletín. Y, para terminar, queda expresar el deseo de que en las ya próximas fiestas pascuales la comunidad –y toda la humanidad– sea trabajada por las huellas del Resucitado para llegar a saborear el gozo de que mejor es dar que recibir.
... bona Pasqua!!!
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